¡Qué delicia! Una vez más, la ruta favorita, la compañera perfecta, una cámara en la mano y Suzuki como guía y hacedora de esta serie de sueños… Sigamos conociendo la sierra de Durango, ahora, en un lugar distinto, una laguna junto a un impresionante paisaje nos espera.
Un poco más de nubes, un cielo mas bello, ausencia de compañeros de dos ruedas, el mismo restaurante y los mismos anfitriones… Repetir el camino es imposible. Aunque la ruta es la misma, ni el camino ni nosotros permanecemos inalterables. Tantas veces he narrado este tramo Durango – El Salto, que por una ocasión dejaré de platicar sobre esa ruta, que tu mismo tienes que caminar para vivir de lo que hablo; o si ya lo hiciste, entonces te invito a rememorar algún buen momento sucedido en ella…
En El Salto llegamos al mismo mirador que cuando íbamos a Mexiquillo, y enseguida tomamos carretera para casi a la salida de El Salto, tomar la desviación a Puentecillas. Esta desviación ofrece una bella vista de esta ciudad, pero tiene el inconveniente de volver a entrar por otro lado, a una colonia, y entonces sí salir por el camino que va a Pueblo Nuevo… A diferencia de la última vez que pasé por aquí, ahora la carretera no está salpicada de baches, así que el transitar es agradable, y diversas escenas nos invitan a detenernos.
Llegamos a una tienda para comprar agua, y de pronto una Italika blanca con dos pasajeros se estaciona detrás de Suzuki. Su piloto, que tiene menos de trece años, nos da las indicaciones que me hacían falta para recordar la salida a Puentecillas. Ante unas nubes que son lo único que hemos visto de un pronóstico del clima bastante frío para este fin de semana, observamos una bella casa que está a unos metros de nosotros; muchas veces me he imaginado viviendo en un pueblo, pero sí que puedo verme haciéndolo en este lugar, al menos en esta casa anónima.
Continuamos pasando por la calle por donde vivía mi amigo Renato, y varios metros después tomamos la salida a Puentecillas. Luego de un pequeño sobresalto apenas a la salida de El Salto, continuamos sintiendo de pronto un clima bastante helado. Tal pareciera que mientras mas nos acercamos a Puentecillas, la temperatura va descendiendo de manera drástica… Una carretera agradable, un tanto solitaria, pero con menos baches que la última vez que pasé por aquí. Llegamos al punto donde debemos desviarnos para tomar un camino de terracería claramente señalizado. Las dos veces que estuve antes por aquí, me tocó clima húmedo, con el terreno casi recién llovido, fue bastante agradable rodar; pero hoy es diferente, pues la ausencia de lluvias es notoria, la vegetación luce un tanto grisácea, en camino a la muerte…
No queda mas que esperar a que pronto la naturaleza nos devuelva un poco de lo que nosotros mismos nos hemos privado. Con estos pensamientos, y con Ruth preguntando constantemente si faltaba mucho, pues aparentemente era demasiada la distancia que nos estábamos alejando de la carretera, llegamos a la laguna, y yo que quería mostrársela a Ruth como un agradable paisaje, la verdad no es tal. Le falta mucha agua, gran parte de ella es tan sólo un terreno lodoso… Pero vaya, continuamos por el camino que va a las cabañas y la parte mas profunda de la laguna aún muestra gran parte de su encanto.
Parece que no hubiera gente, pero en una cabaña están los encargados del lugar, nos registramos y nos entregan nuestra cabaña en compañía de una serie de animales de granja y hasta dos perros que nos acompañan y hubiesen deseado hospedarse con nosotros. Bajamos nuestras cosas y nos instalamos lo más rápido posible, imaginando cómo podría funcionar el calentador solar de agua y la electricidad de la misma fuente. Es una cabaña con excelentes acabados, sin lujos pero limpia y muy acogedora. Tenemos leña de encino a nuestra disposición, dos habitaciones, un baño, cocina, comedor y sala.
Nos damos cuenta que ya es tarde, no falta mucho para la puesta de sol y salimos. La laguna como ya lo había dicho antes, no está en su mejor estado, falta muchísima agua. Vemos un poco de las instalaciones: juegos infantiles, un gran salón para reuniones, varias cabañas de distintos tamaños, algunas palapas… Fifi y Fufu, como nombramos a nuestros ocasionales compañeros de cuatro patas, nos acompañan mientras juegan entre ellos. Se persiguen, juegan a morderse y de tanto hacerlo se aproximan demasiado a nosotros, sin duda rápidamente nos ganamos su confianza y quieren hacernos partícipes de su alegría. Fifi es el pequeño macho, y Fufu es una hembra preñada, la cual con todo y su gran carga va emocionada al paseo. Nos cruzamos con una familia que viene de regreso del mirador; qué gusto encontrar personas que aún se atreven a salir a pasear en nuestro estado…
Normalmente recorremos los caminos en dos ruedas, pero hacerlo en dos piernas llega a ser aún mas satisfactorio, pues la sangre circula, los músculos respiran, el cerebro se oxigena y en definitiva, nos sentimos mas vivos. Llegamos al mirador, y el día frío, casi gélido se despide con un cálido atardecer.
Mientras estábamos tomando fotos, Fifi y Fufu se habían estado desesperando paulatinamente, de pronto miraban con atención en la dirección de donde viniese cualquier ruido extraño. Yo comencé a notar ese estado de alerta, y procuro hacerle ver a Ruth que debemos regresar lo antes posible. Caminamos un tanto apresurados, y Fufu con su enorme panza apenas y puede en las pequeñas subidas que cruzamos. A mitad del camino, en un tramo sombrío, Fifi se lanza corriendo hacia una ladera alejándose del camino. Fufu se muestra preocupada por él, pero prefiere no abandonarnos, lo cual le agradecemos pues de pronto la soledad de ese lugar nos inquieta un tanto.
Más adelante, casi llegando a la laguna Fifi aparece y continuamos nuestro camino a la cabaña. Al llegar, nuestros compañeros se marchan felices a reunirse con su familia y nosotros hacemos los preparativos para pasar una cálida noche, pues cada vez el viento es mas frío. Un fuego en el hogar nos acompaña y nos ofrece ese ambiente único, inigualable, de estar a salvo de cualquier inclemencia del tiempo, sin importar lo rudo del invierno; una fogata en cambio es distinta, pues al igual que tú, está expuesta a todos los elementos, lo cual te provoca sentimientos de fragilidad, pero también de inmensa libertad.
Un agradable sueño se apodera de nosotros, después de haber disfrutado de un delicioso vino, queso y un par de recíprocas entrevistas.
Segundo día
Como es nuestra costumbre, nos levantamos un poco tarde, así que desayunamos y preguntamos a la encargada del lugar sobre la hora límite para entregar la cabaña. Vemos que es demasiado próxima, así que decidimos empacar todas nuestras cosas, lavar los trastes y limpiar un poco al menos antes de volver nuevamente a la laguna y al mirador. Esta vez Fifi y Fufu no nos acompañan, se han dado cuenta que nuestros paseos se pueden extender a límites insospechados…
Apenas y nos detenemos en el mirador tradicional, pero continuamos por el camino que va bordeando la montaña hasta llegar a un nuevo mirador, sin ningún tipo de infraestructura, pero con una vista aún mas agradable que el anterior, además de que el camino para llegar hasta él te seduce para caminar tranquilamente, disfrutando de la naturaleza.
Ya casi a las tres de la tarde decidimos regresar, pues no queremos que se nos haga tarde con el frío que hace, que parece será aún mas crudo que ayer. Aunque desayunamos tarde, ya tengo un poco de hambre, y propongo a Ruth llegar a comer nuevamente a las pizzas Norteño Chilis. El camino hasta llegar a la carretera El Salto – Pueblo Nuevo pasa mucho mas rápido que de ida, y vamos rodando tranquilamente mientras las sombras se van alargando peligrosamente… Veo un paisaje a la izquierda, es una parte de un arroyo que se ensancha y algunos pinos perfectamente situados, tanto así que una familia disfruta en ese lugar de un divertido día de campo. Voy absorto en esa panorámica y desciendo la velocidad con la intención de tomar una foto, pero justo en ese momento Ruth me grita, me pide que nos detengamos y creí que era por el mismo motivo, pero entonces me dice, “¿lo viste?, está solo…”, no sé a que se refiere pero volteo para atrás y viene caminando aprisa un perrito flaco. Vemos alrededor, no hay poblados, no hay gente buscándolo, está flaco hasta los huesos, lleno de espinas como si llevara muchos días perdido en el campo, se acerca a nosotros sin que lo llamemos, Ruth se pone en cuclillas para acariciarlo y de inmediato se aproxima, acurrucándose entre sus piernas… Es tan pequeño, no sabemos cómo llamarle y simplemente se me ocurre “¡Pitufo!”. Tiembla, está nervioso y desconfía ligeramente de nosotros, pero a la vez busca nuestra ayuda. Sacamos unas galletas de maíz crudo Bits (buenísimas, se consiguen en Soriana) y le damos una a probar, pues no tenemos otra cosa que ofrecerle. La engulle y así hace con otras dos… Le ofrecemos un poco de agua y le ponemos un suéter para que se acurruque.
No sabemos que hacer, definitivamente no podemos dejarlo ahí, pues sin duda sufrirá hambre y frío a sus pocos meses de vida, misma que podría terminar rápidamente de continuar solo. Tampoco podemos adoptarlo, no tenemos espacio suficiente. Finalmente decidimos hacer algo loco y llevarlo con nosotros… Hacemos espacio en una alforja y lo metemos ahí, pero al prender el motor de Suzuki se inquieta, entonces Ruth lo toma en sus brazos y ahí se va, entre nosotros, a modo de sandwich…
Avanzamos hasta El Salto, ahí nos detenemos y bueno, aceptamos que no podremos comer en el restaurante que teníamos planeado, así que seguimos hasta encontrar algún puesto de gorditas o donde podamos comer al aire libre. Pitufo genera gran cantidad de calor entre nosotros, lo cual hace mas llevadero el frío que se va recrudeciendo poco a poco, incluso en ocasiones Ruth me pide que nos detengamos, pues teme que el perro se haya hecho pipí…
Con los últimos rayos de sol llegamos a Navíos, y por primera vez, paramos en el restaurante que últimamente recibe a muchos motociclistas los domingos, el que está a la altura del entronque a Regocijo. Al bajarnos de la moto la sensación de frío se dispara, al grado de que Ruth no siente los pies; rápidamente pedimos un par de cafés y unos chilaquiles. Nuestro perrito rápidamente hace migas con un niño que anda por ahí, el cual lo bautiza como Max y Kiko, pues Pitufo no nos convence.
Lo normal sería que comiéramos dentro del restaurante, pero por traer a Max-Kiko-Pitufo no podemos hacerlo, así que acomodamos dos mesas afuera y ahí, con mucha prisa comemos y nos preparamos con ropa extra para los últimos cincuenta y siete kilómetros de frío que nos esperan… La pequeña braza que traemos nos hace reconfortante el camino, pero fuera de eso apenas y notamos su presencia. Va muy tranquilo, sólo por momentos se esconde un poco más para protegerse del frío pese a que va cobijado con mi suéter. Ya de noche llegamos a Durango, el frío es mas ligero y así terminamos el viaje, empezamos la rodada siendo dos, y de regreso somos tres tripulantes a bordo de Suzuki.
Blu será su nombre definitivo, y sin quererlo, poco a poco se fue quedando con nosotros, muy lejos del destino que tenía hasta antes de que la encontrásemos, o de que nos encontrase… No sabemos si así está mejor, pero al menos ahora tiene comida segura y un lugar acogedor.
Quiero finalizar con un breve agradecimiento a todos quienes siguen estas historias, estas fotos, videos, en fin, estos pequeños trozos de vida. Gracias por su tiempo y atención…
Fecha de viaje: 26 y 27 de noviembre de 2011